echar jazz tinto a la herida

¿Cuántos poemas debo leer para encontrarte? No pienses que caes en el son del olvido, ni lo pienses. En los minutos que se comen los segundos en un espacio con luz tenue, sostengo en la mano izquierda una copa de vino tinto, la otra agarra mis cabellos de vez en vez, dejando unos cuantos en el piso, otros ratos juguetea con las percusiones dejando al aire las letras de Adrienne Rich. Desparramada en la silla del escritorio con las piernas encima de él, cierro los ojos mientras “times moves slow” desvanece el sábado; el abrir de ojos sigue sin fin a la “casa de campo en la Alta Austria” de Klimt. El choque visual de mil novecientos doce, el sabor de un dos mil once, el sonido del dos mil dieciséis  y la resistencia de una lucha, junto con las remembranzas de los meses pasados que añejan las flores de la temporada, traen consigo los dolores de un puñado de higos aplastados. La mermelada de la noche se embarra con la sensación de una caja vacía y los cuatro minutos con treinta cuatro segundos realmente mueven al tiempo lentamente. Los mueven tan lento que puedo sentir lo ilustrativo de la visita a Uxmal en la última hoja del calendario del año pasado, ¿recuerdas? Es el arte de echar jazz tinto a la herida, se siente como el caminar de las lágrimas negras en la obscuridad de los recuerdos presentes. Y sí, ¡a la mierda la RAE!, aprendí a amar algo que lleva “ b”, es por eso que vacía(r) la casa que se desploma fue solo el inicio de tu ausencia, de la chocante nostalgia de extrañar lo pasado y estancarse en ella para que las remembranzas sean el filo del presente. Ahora, solo tengo vino tinto y mil crisis, pero tan solo saco la ausencia que me intenta matar… tu ausencia me la trago con los tintos de la noche y mis lágrimas se cepillan el llanto para amar(me) más, y así regresar a ti siendo más mía que nunca antes. Sin embargo, esto es solo el aire de las notas de “times moves slow”, es el poder de la música, el poder del músico. No siempre es otoño. Mientras se acerca la carta con letras que florecen en ésta nueva temporada, desde lo más cálido de la infernal Planicie de Yucatán, te envío un fuerte abrazo y muchos besos como los que el “te extraño muchingo” desean hacerlo en persona a ti, mi mujer con labios de plastilina rosa que tanto amo. Ojalá muera la distancia.

vacía(r) la casa que se desploma

Tanta particularidad en la mano que todo lo escribe, las letras que tanto juguetean formando poesías, pensamientos, palabras que reflejan cada partícula de su existencia. Me enamoró tanto como el petricor de los suelos a las narices, sin saber a que nivel, sin ver a que distancia, la pasión resbalo al infinito y me desplomé. Me desplomé entre sus labios plastilina rosa como los rosales en primavera, entre sus ojos de misterio sabor café dulce-acidulado que cuentan historias sin terminar, en un cuerpo circense que resalta la victoria de las batallas. Me desplomé en la antagonia de las ideas y de los cuerpos, de la veracidad de la realidad y de otros mundos que lloro con la sal que escurren por rostros grisáceos de miedo. Miedo a dilucidar el entramado de los caminos, miedo a las historias incompletas que quiero contar, miedo a helar lo que un día fue, miedo a que los recuerdos se pierdan entre la memoria que no va solemnizar la fuerza del amor, miedo a sonreír con otra razón de ser y vaciar la casa que se desploma por el miedo a despertar sin ella.

los dibujos de la cabeza

El arte embellecía las desgracias sociales los años anteriores. Caminará por la incubadora, hoy, mañana, y lo que resta de su existencia hacía la sangre de las ciencias sociales. No nació con las venas congeladas como otros, por tanto los volcanes que sostiene están condenados a la jurisdicción. Y es que la órbita de su mirada corre para gatear, es la incisión de la duda, es la altura de la montaña y lo llano del cuestionamiento. Podría dibujar sonrisas cotidianamente, pero las venas siguen congeladas, al fin no importa, la felicidad existe en el iceberg de las crisis sociales, en la confusión de los días y las pinceladas de acuarelas que esperan el fin de la gestión.

el cuerpo que reposa en mi cara

Duermo con la muerte, duermo con el odio y el amor, la esperanza del silencio y la ausencia, ¿habría de tomar el camino hacía la furia que el llanto especula? Ni yo misma reconozco el adjetivo del torbellino que entre mi existencia se cruza y transforma, cada día las lágrimas de las mañanas cruza los dedos de la muerte, y se ríen, todos se ríen. Las noches lamentan las hojas de los árboles, los destellos de sol en sus rostros, lo rutilante de sus movimientos, la crisis de existir, la crisis de las crisis… Nos miran, nadie puede hacer nada con los ojos que torturan la sangre de la carne, la saliva de las palabras y lo penetrante de los días. El orden y el caos, los bichos que se alimentan de mi carne, de tu carne tan viva, de las tazas de café que reflejan cómo arde la brecha de los días y las melodías que cuestionan un día más en los ojos de la vida.

insomnio de calor y mosquitos

Muchas cosas pueden pasar en un año, situaciones como el encontrar el camino de lo que realmente activa todos tus sentidos después de tres años de búsqueda, encontrar la carrera que es la clave para ser lo que siempre has querido, terminar una relación de siete años, tener un gato nuevo, tener solo un par de zapatos por 365 días, odiar los jeans, amar los vestidos, tener solo atún en la alacena, estar desaliñada sin importar nada más que el día en que puedas dormir tus 8 horas, nuevos amores, ojeras rebeldes, caídas de cabello más abundantes, viajes inesperados de mochila, nuevo disco de Radiohead en los días, entre otros descubrimientos.

tumblr 2012

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Desperté haciéndome creer que estaba soñando con despertar para que el proceso no fuera tan somnoliento. Fue en automático. Abrí los ojos, me levante de la cama. El frío que abrazaba la mañana me llevo a quitarme la pijama de manera estupefacta. La piel se me erizo, temblé. Me puse los fríos Jeans, la piel se me erizo, temblé. Me puse la blusa morada de mangas largas, temblé. Los tenis, temblé. El suéter, la bufanda, el gorro y me fui a cepillar los dientes rápidamente para que mi sueño irreal no se escabullera. Pensé seriamente mientras cepillaba mis dientes que solo por está mañana no dejaría acariciar mi rostro por el agua, por el bien de mi irreal sueño. Pero lo pensé demasiado, y cuando menos lo espere, ya lo estaba haciendo.

Entonces desperté y estaba con el rostro mojado, mirando fijamente al espejo del baño, como si intentara confesar algo. Salí rápidamente del baño. Preocupada por la hora, corrí hacía mi habitación, y mi toalla se encargo de vencer las caricias del agua. Agarre mi mochila, metí el Ipod, mi celular, mis pasteles, mi libro, mi cartera y dentro de la cartera los únicos 100 pesos que me quedaban para el día. Mientras tanto, la luz decidió jugar a las escondidas así que no pude calentar el desayuno y partí sin desayunar.

Caminaba para ir a tomar un camión que me llevara al metro, iba amenazando a mi nariz y garganta para que no estuvieran llamando la atención del publico. Después de aquellas amenazas, fui repasando mis gastos del día escolar. Camión, Metro, Modelos, Metro, Camión, otro Camión, un chocolate; $70 pesos. Parecía que el cielo soplaba solo en mí. Mis mejillas y nariz se vistieron de rojo y mis dientes tenían una fuerte lucha entre ellos, los de arriba con los de abajo, ocasionando una melodía un poco efusiva. A lo lejos con mi pésima vista pude descifrar que decía “Chapultepec”. Hice la parada y me subí.

Me senté junto a la ventanilla, me puse cómoda en el viejo asiento y saque de mi mochila un libro. Me esperaba un largo camino, como cada día de escuela, como cada mañana en la Ciudad de México, en donde el tráfico se eleva a la máxima de las potencias por cráneo Defeño. Ya en pose de “voy a leer por dos horas”, inicie la lectura pausada de la noche pasada. Y leí, y leí y mis ojos desvanecían letras, palabras, hojas enteras. Me dirigí a la salida del camión al percatarme de que había llegado al metro gracias a una voz bastante femenina gritando “fíjate pendejo”. Guarde mi libro. Baje, entre al metro.

Después de haber practicado un poco de Fútbol Americano con unas cuantas tacleadas al  intentar entrar al vagón y después de haber reencarnado en aquel cochecito de un viejo video juego, en el cual avanzando en sentido contrario tenias que esquivar a otros a una velocidad alta sin chocar porque sino perdías… Sana y salva salí del metro y me dirigí a la escuela corriendo por el Zócalo.

No tengo idea de como sucedió, pero en cinco minutos ya estaba en San Carlos. Mientras ingresaba, sacaba mi credencial de estudiante, como de costumbre sin importarle mucho al sindicato absolutamente nada, la de seguridad, le echo un rápido vistazo. Guarde la credencial en mi bolso y saque mi celular para mirar la hora y estar al día del día. En ese momento me toma de sorpresa la hora y me di cuenta de que faltaban 10 minutos para que mi primera clase iniciara. Todo el camino había pensado que iba retrasada. En la entrada había una exposición de dibujismos. Las mire todas de reojo rápidamente, pero sinceramente no me tome la molestia de mirar cada una con detenimiento porque me sentía demasiado orgullosa de estar en la escuela antes de que inicie mi clase (siempre llegaba tarde), así que subí al segundo piso y me dirigí a el salón.

Al llegar, claramente y evidentemente, yo era la única alma en aquel piso. Nadie había llegado. Ni mi maestro, ni mis compañeros, ni las modelos, ni las hormigas, ni las moscas, ni mi realidad. Me senté a un lado de la ventana que me da una vista al corredor y me percate de que mis compañeros se iban acumulando en el primer piso. Platicaban, reían. Y yo, sentada tras aquella ventana, pensaba mientras me seducía Medeski, Scofield, Martin and Wood. En ese momento tan intimo, mi concierto interno es interrumpido al contar con la presencia de una de las modelos. La segunda alma en el segundo piso. Me da los buenos días y me pregunta: “¿POR QUÉ ESTÁS TAN SOLITA AQUÍ? TUS COMPAÑEROS ESTÁN ALLÍ ABAJO CHARLANDO” – mirando con ojos de intriga y rareza. Me hace pensar tanto en tan miserable tiempo, su pregunta me carcome hasta las ultimas letras de mi anécdota y hasta los últimos pensamientos y análisis de mi futura respuesta. Se sienta a un lado mío a esperar a que alguien se digne a abrir el salón, y mientras se maquilla empieza a contar su dramática y por ende, interesante vida.

La clase empezó cincuenta minutos después, cuando por fin, después de mucho tiempo había llegado temprano a clase, está empieza cincuenta minutos después, cincuenta. A partir de esa cruel experiencia (y recalco “cruel”, porque son 4 hrs. de mi casa a San Carlos), lo único que me resta es ir a tomar un chocolate caliente con el Karma o con la mala suerte.

pinta acuarelas con un cigarrillo


Un día te despiertas con el cigarrillo consumido y decides ser Historiadora. No todo se decide después de un cigarrillo consumido. Bastó de un gélido día en la Ciudad de México, mientras la clase de dibujo se tornaba surreal como de costumbre. Poemas al aire, y creativas manos que iban al son de Led Zeppelin mientras el maestro daba instrucciones de como manipular las sombras y luces que enseñaba aquel cuerpo desnudo que posaba en medio de todos. Bastó de la escena anterior para después de un buen cigarrillo decir en voz alta lo que un papá no quiere escuchar. “Quiero ser Historiadora” no se debe pensar cuando el pincel se llena de pintura y después fumas un cigarrillo. “Quiero ser Historiadora” se piensa cuando en clase de dibujo te enseñan la teoría y le entregas tu corazón. “Quiero ser Historiadora” se piensa mientras te embarras de pasteles y los cuerpos quedan plasmados sobre papel marquilla. “Quiero ser Historiadora” lo decides cuando después de fumar el cigarrillo de la vida, lo recalcas en voz alta mientras quemas tu acuarelismo con la marca de cigarrillos de tu preferencia.